Corría el año 1422 y el Imperio Otomano, bajo el mando del implacable sultán Murad II, asviaba las imponentes murallas de Constantinopla. Sin embargo, en una campaña menor simultánea en los Balcanes, las tropas otomanas se toparon con una pequeña plaza fuerte que se negaba a rendirse. Frustrados por la resistencia de una guarnición absurdamente inferior en número, los comandantes turcos decidieron relajar el cerco y aceptar una tregua temporal propuesta por los locales, quienes ofrecieron un banquete de paz para sellar la aparente rendición.
Confiados en su inmensa superioridad numérica y hambrientos tras semanas de marcha, los oficiales otomanos aceptaron bandejas repletas de manjares locales, destacando unos ostentosos pasteles tradicionales. Lo que ignoraban es que la harina había sido generosamente mezclada con hierbas alucinógenas y purgantes letales locales. A los pocos minutos de devorar el banquete, todo el alto mando otomano cayó fulminado entre retorcijones estomacales, vómitos y ataques de delirio colectivo que sembraron el pánico absoluto en el campamento.
Sin líderes capaces de ordenar un contraataque y con la tropa completamente incapacitada por los efectos secundarios del extraño postre, el ejército sitiador tuvo que levantar el campamento y huir en desbandada vergonzosa. Esta insólita derrota culinaria quedó grabada en los anales militares como una de las pocas veces en que la repostería defensiva derrotó a la artillería imperial, obligando a los otomanos a replantearse sus normas de seguridad alimentaria en territorio enemigo.
"El comandante defensor fue nombrado héroe nacional y el emperador bizantino le otorgó una medalla con la forma de un panecillo."