Corría la década de 1860 en el Imperio Otomano y las arcas de la administración provincial en Jerusalén estaban completamente vacías. Para recaudar fondos de forma desesperada, el gobierno imperial implementó una normativa tan insólita como desesperada: un tributo directo sobre la cantidad de aberturas al exterior que poseyera cualquier propiedad inmueble. Cuantas más ventanas y puertas dieran a la calle, mayor era la fortuna estimada del propietario y, por ende, el impuesto que debía pagar al Sultán.
La reacción de los habitantes de la Ciudad Vieja fue tan rápida como radical para evitar la ruina financiera. De la noche a la mañana, los ciudadanos comenzaron a tapiar sistemáticamente sus ventanas con mampostería y mortero, transformando los hermosos fachados residenciales en hileras de muros ciegos y lúgubres similares a fortalezas militares. Las calles del casco histórico perdieron toda la luz solar y la ventilación natural, convirtiéndose en laberintos oscuros y asfixiantes.
El efecto secundario en la salud pública fue catastrófico debido a la acumulación de humedad y la falta de circulación de aire fresco, disparando las epidemias de enfermedades respiratorias en la región. Ante la crisis sanitaria inminente y la furia generalizada de la población atrapada en la penumbra, las autoridades otomanas tuvieron que dar marcha atrás y abolir el gravamen, dejando como mudo testigo de esta locura fiscal una arquitectura llena de cicatrices de piedra.
"Paradójicamente, muchas de las ventanas tapiadas durante este impuesto nunca volvieron a abrirse, alterando para siempre el trazado arquitectónico histórico de Jerusalén."