En el otoño de 1419, en la ciudad de Presburgo (la actual Bratislava, en las fronteras del Reino de Hungría), el monarca Segismundo de Luxemburgo colapsó entre convulsiones, fiebres abrasadoras y delirios. Los galenos de la corte real dictaminaron un diagnóstico fulminante: el soberano había sido envenenado con una sustancia letal desconocida. Desesperados por salvar la corona y sin ningún antídoto a mano, los doctores decidieron descartar los manuales tradicionales de farmacopea para improvisar una terapia experimental basada en una lógica tan física como delirante: si el veneno residía en las entrañas, la gravedad debía encargarse de drenarlo.
Bajo la mirada atónita de los cortesanos, los médicos ordenaron atar al rey por ambos tobillos con sogas y suspenderlo en el aire boca abajo, dejando su cabeza suspendida a escasos centímetros del suelo entarimado. La instrucción era mantener el cuerpo invertido durante veinticuatro horas ininterrumpidas para forzar a los órganos internos a vaciar las toxinas a través de las mucosas faciales. El cuerpo del monarca pronto sufrió los estragos de la tortura gravitacional: los ojos se le inyectaron en sangre por la brutal presión ocular, perdió el conocimiento en reiteradas ocasiones y comenzó a expulsar ríos de bilis negra, flemas viscosas y sangre por la boca y la nariz en medio de vómitos incontrolables.
Contra todos los pronósticos de la ciencia moderna, el demencial suplicio no lo mató por congestión cerebral o asfixia. Segismundo despertó milagrosamente libre de fiebre tras el violento vaciado gástrico, convenciendo a los cronistas de que la bizarra inversión corporal había purgado con éxito el veneno de su sistema. El emperador sobrevivió a la brutal 'cura' para gobernar durante casi dos décadas más, dejando como testigo de su supervivencia el manuscrito de su secretario personal Eberhard Windecke, quien inmortalizó para la historia médica el día en que un rey burló a la muerte colgado como un pedazo de carne en el matadero.
"Segismundo no solo sobrevivió a este calvario, sino que llegó a ser coronado Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y vivió hasta los 69 años, una longevidad casi insólita para la realeza de la época."