Durante la dinastía Song en la China del siglo X, la viruela era una sentencia de muerte implacable que diezmaba tanto a civiles como a las tropas imperiales apostadas en las fronteras. En su desesperación por frenar la plaga, los curanderos de la corte militar observaron un fenómeno extraño: los pacientes que sobrevivían rara vez volvían a contraer la enfermedad. Decididos a replicar esta inmunidad natural de forma controlada, iniciaron un experimento profundamente arriesgado que cambiaría el curso de la medicina mundial para siempre.
El método resultante fue tan bizarro como efectivo. Los médicos recolectaban costras de pústulas de pacientes con casos leves de viruela, las dejaban secar cuidadosamente a la sombra y las molían hasta convertirlas en un polvo fino. Luego, utilizaban un tubo de bambú para soplar este polvo directamente en las fosas nasales de los pacientes sanos: las mujeres recibían la dosis en la fosa izquierda y los hombres en la derecha, bajo la creencia de que el flujo energético del cuerpo dictaba la vía de entrada del patógeno.
Aunque el procedimiento desataba a menudo una fiebre leve e incapacitante, y en ocasiones contagiaba la enfermedad de forma letal, demostró una tasa de éxito asombrosa para la época medieval. Esta técnica primitiva de variolización se mantuvo como un secreto de Estado celosamente guardado en Asia Oriental durante siglos, antes de filtrarse lentamente hacia el Imperio Otomano y, eventualmente, inspirar las bases de la inmunología moderna en Occidente.
"Para los pacientes de la realeza china, el polvo de costras se mezclaba con almizcle y alcanfor para enmascarar el olor a tejido descompuesto antes de ser inhalado."