Corría el año 1546 cuando una masa titánica y bioluminiscente de orugas peludas emergió de la tierra en los territorios de Suabia y Europa Central. Estos insectos devoraron absolutamente todo a su paso en cuestión de horas, arrasando viñedos, cultivos de cereales y pastizales enteros, lo que amenazó a las poblaciones locales con una hambruna apocalíptica inmediata.
Lejos de limitarse a usar pesticidas o fuego, las autoridades locales y los afectados recurrieron al sistema legal vigente. Los magistrados convocaron un tribunal formal, asignando un abogado defensor oficial de oficio para representar a las orugas ante los jueces, mientras los agricultores presentaban formalmente cargos de alta traición y destrucción masiva de la propiedad divina.
Tras escuchar los impactantes argumentos de la defensa —quienes alegaban que las orugas tenían derecho a alimentarse por mandato divino y que huir de los tribunales era su castigo—, el juez emitió un veredicto salomónico. Las orugas fueron declaradas culpables, pero se les ordenó exiliarse pacíficamente a una zona estéril designada por la Iglesia, culminando uno de los episodios más bizarros de histeria colectiva y jurisprudencia medieval.
"Durante la Edad Media y el Renacimiento, los juicios a animales eran perfectamente legales y se celebraban con jueces, testigos y verdugos humanos."