A mediados del siglo XVI, las cafeterías empezaron a proliferar por todo el Imperio Otomano como centros de reunión social y política. Sin embargo, el sultán Murad IV vio en estas reuniones una amenaza directa a su poder absoluto, ya que los ciudadanos se reunían para criticar abiertamente al gobierno y discutir asuntos de estado mientras consumían la oscura y estimulante bebida.
Para frenar la disidencia, el gobernante promulgó uno de los edictos más absurdos y drásticos de la historia: prohibió el consumo y la venta de café bajo la pena de muerte inmediata. Los inspectores imperiales patrullaban las calles de Estambul y, si encontraban a alguien bebiendo café, el infractor era ejecutado en el acto sin derecho a juicio, arrojando su cuerpo al río Bósforo.
A pesar de la brutal represión, la adicción social a la cafeína era demasiado fuerte para ser erradicada por la espada. Ante la imposibilidad de controlar a toda la población y la pérdida masiva de ingresos fiscales por los impuestos al grano, el sucesor de Murad IV terminó revocando la prohibición, transformando el café en una industria regulada y salvando miles de vidas en el proceso.
"Para eludir la prohibición, los ciudadanos crearon redes clandestinas de consumo donde las cafeterías operaban ocultas tras falsas fachadas de tiendas de especias."