En el otoño de 1850, Auguste Mariette, un modesto oficinista del Museo del Louvre, desembarcó en El Cairo con una misión puramente burocrática: adquirir manuscritos coptos y siríacos para el Estado francés. Tras semanas de gestiones inútiles, los monjes de los monasterios se negaron tajantemente a venderle una sola página. Con el presupuesto intacto pero aterrorizado ante la humillación pública de volver con las manos vacías, Mariette tomó una decisión temeraria: desobedeció las órdenes del ministerio galo y se internó a caballo en las arenas de Saqqara. Mientras deambulaba frustrado entre las dunas, tropezó con una cabeza de esfinge de piedra caliza semienterrada, idéntica a unas estatuas ornamentales que había visto días antes en Alejandría.
Recordando un antiguo texto del geógrafo griego Estrabón sobre un templo consagrado a Serapis sepultado por el desierto, Mariette gastó todo el dinero institucional en contratar en secreto a treinta beduinos armados con palas. En cuestión de semanas despejaron una avenida procesional subterránea flanqueada por ciento cuarenta y una esfinges intactas sepultadas bajo doce metros de arena acumulada. La excavación culminó frente a una colosal compuerta de roca maciza; la noche del 12 de noviembre de 1851, tras detonar cargas de pólvora para reventar el sello milenario, Mariette se arrastró por una estrecha grieta y cayó en una red asfixiante de túneles: había irrumpido en el legendario Serapeum de Menfis.
A lo largo de más de trescientos metros de galerías excavadas en la roca viva, el francés descubrió veinticuatro sarcófagos monolíticos de granito negro y basalto, cada uno con un peso colosal de setenta toneladas, construidos para sepultar los cuerpos momificados de los sagrados toros Apis. Al penetrar con su antorcha en una cámara lateral completamente sellada desde el reinado de Ramsés II, el arqueólogo improvisado se topó con un detalle estremecedor: en la capa de polvo virgen del suelo de caliza aún estaban grabadas las huellas descalzas de los sacerdotes egipcios que habían clausurado el sepulcro tres mil años atrás. El funcionario que fue a comprar papel terminó fundando el Servicio de Antigüedades de Egipto.
"Para mover una sola de las tapas de granito de los sarcófagos dentro de la galería subterránea, hicieron falta los brazos coordinados de más de cien soldados del ejército egipcio."