En la primavera de 1797, colonos y pueblos nativos del Cabo Oriental presenciaron cómo el sol de mediodía desaparecía bajo una masa zumbante de proporciones titánicas. Una plaga demencial de langostas cubrió más de 5.000 kilómetros cuadrados del territorio, devorando sembrados, arbustos y cortezas hasta dejar el paisaje en el hueso. El diplomático y geógrafo británico Sir John Barrow, testigo presencial de la catástrofe, anotó horrorizado cómo el suelo quedó sepultado bajo una alfombra viva de insectos de treinta centímetros de profundidad, obstruyendo arroyos y condenando de golpe a miles de cabezas de ganado a la inanición.
La salvación pareció llegar semanas después, cuando un feroz vendaval del noroeste empujó a la descomunal nube de insectos directo hacia las aguas del océano Índico. Los pobladores celebraron lo que creían un milagro, ignorando que la verdadera pesadilla apenas comenzaba. En cuestión de cuarenta y ocho horas, las corrientes y la marea devolvieron a la orilla los billones de cuerpos ahogados, levantando en la rompiente una barricada ininterrumpida de cadáveres descompuestos de más de un metro de altura que se extendió por ochenta kilómetros de costa.
Bajo el asfixiante calor subtropical, aquella cordillera de carne de insecto comenzó a pudrirse a un ritmo atroz. Los vientos costeros dispersaron los gases mefíticos de la masa en descomposición y la fetidez letal llegó a percibirse con violencia a más de 150 kilómetros tierra adentro, desatando una ola de histeria colectiva. Asentamientos enteros huyeron despavoridos ante la certeza de que el aire portaba un miasma pestilente, mientras manadas enteras de herbívoros caían sofocadas por la atmósfera irrespirable que convirtió el litoral en una tumba tóxica.
"El diplomático John Barrow estimó que el volumen de langostas en descomposición acumuladas en la orilla superaba con creces el peso combinado de toda la flota de guerra naval del Imperio británico de la época."