En el siglo IV a.C., los autariatas eran célebres en los Balcanes por ser una de las tribus ilirias más salvajes e indomables, temidos incluso por las falanges de los reyes macedonios. Sin embargo, hacia el año 310 a.C., este pueblo guerrero fue destruido por un enemigo contra el que sus lanzas no sirvieron de nada. Según registraron historiadores clásicos como Diodoro Sículo y Justino, un cataclismo meteorológico desató una marea viviente de millones de ranas que brotaron de los ríos tras semanas de lluvias torrenciales anómalas, cubriendo por completo valles, bosques y aldeas enteras.
Lo que al principio pareció un fenómeno extraño pronto se transformó en una pesadilla claustrofóbica. Los anfibios saturaron las viviendas, caían dentro de las ollas de comida y hacían imposible caminar sin resbalar sobre una alfombra viscosa de cuerpos batracios. Cuando la tribu intentó exterminarlas quemando los campos, desataron su propia condena: la descomposición simultánea de millones de anfibios corrompió el aire y pudrió las reservas de agua potable. El hedor fétido desató vómitos incesantes, brotes epidémicos y una histeria masiva; el suelo hervía de carroña tóxica y los gusanos infestaron hasta las ropas de los guerreros.
Incapaces de respirar o beber en su propio territorio, los autariatas abandonaron sus ciudades en una evacuación desesperada. Más de 20.000 supervivientes marcharon hacia el sur, presentándose como una horda desquiciada ante las fronteras de Macedonia. El rey Casandro, temiendo un choque armado contra miles de refugiados desesperados, acordó un pacto de reasentamiento urgente y les entregó tierras despobladas junto al monte Orbelo. Aquella temida nación jamás pudo regresar a sus tierras ancestrales, pasando a la historia como el único pueblo militar derrotado y expulsado para siempre por una invasión biológica.
"El fenómeno fue tan traumático y sonado en la Antigüedad que el naturalista romano Plinio el Viejo citó el colapso de los autariatas en su 'Historia Natural' como prueba irrefutable de que los animales podían derrocar imperios."