A principios del siglo XX, Europa del Este vivía bajo tensiones extremas, pero el invierno de 1912 en Bucarest, Rumanía, superó cualquier ficción con una repentina y masiva histeria colectiva. Cientos de ciudadanos aterrorizados inundaron las comisarías asegurando haber visto jaurías de lobos gigantescos merodeando por los bulevares principales, atacando carruajes y saltando sobre los techos de los tranvías eléctricos en plena madrugada.
El pánico escaló tan rápido que las escuelas cerraron, las autoridades decretaron un toque de queda nocturno no oficial y la policía local desplegó patrullas armadas con órdenes de disparar a cualquier sombra cuadrúpeda. Los periódicos publicaban partes de guerra diarios sobre supuestos ataques sangrientos, mientras los ciudadanos se atrincheraban en sus hogares con barricadas de muebles y rezaban por sus vidas.
El delirio terminó abruptamente cuando los cazadores y las patrullas policiales lograron acorralar a los supuestos monstruos en un parque helado, descubriendo la cruda verdad: no era una plaga de feroces bestias siberianas, sino perros callejeros famélicos y sarnosos que el frío extremo había desorientado, magnificados por el terror colectivo de una población al borde del colapso psicológico.
"Durante el punto máximo del pánico, el Banco Nacional de Rumanía redujo su horario comercial a la mitad para que los empleados no tuvieran que regresar a casa tras el anochecer."