Era el otoño de 1961, con la tensión del Muro de Berlín recién esculpida en hormigón, cuando los residentes de los distritos orientales de Pankow y Friedrichshain comenzaron a reportar un fenómeno tan grotesco como aterrador: miles de topos excepcionalmente grandes, de pelaje oscuro y inusual agresividad, brotaban repentinamente de la tierra en parques, jardines e incluso sótanos residenciales, aterrorizando a la población civil.
El régimen de la República Democrática Alemana (RDA), temeroso de que la noticia socavara la moral socialista, decretó un estado de emergencia zoológico ultrasecreto. La Stasi movilizó a unidades especiales de control de plagas armadas con gas y trampas letales, mientras la prensa oficialista intentaba culpar ridículamente a 'saboteadores capitalistas occidentales' que supuestamente habrían introducido roedores mutados desde el lado occidental a través de túneles subterráneos.
La realidad documentada en los archivos secretos reveló algo mucho más prosaico pero fascinante: las vibraciones constantes y las detonaciones menores durante la construcción clandestina de túneles de escape y contrainteligencia bajo la franja de la muerte habían alterado drásticamente las capas freáticas y el hábitat subterráneo, provocando una estampida masiva de la fauna local que culminó en esta histeria colectiva comunista.
"Para calmar a la población sin admitir fallas estructurales, el gobierno de la RDA indemnizó en secreto a los ciudadanos con raciones extras de cerveza y café por cada topo muerto entregado a la policía secreta."