Todo comenzó en el mercado de Ciney, en la actual Bélgica, durante el año 1275. Un campesino llamado Engoran robó una simple ternera y huyó a las tierras de su señor en Jallet. Al ser descubierto, el alguacil de Condroz le ofreció un trato clemente: si devolvía el animal a su legítimo dueño, salvaría el cuello. Engoran cumplió su parte y regresó pacíficamente con la vaca atada a una cuerda. Sin embargo, apenas cruzó el límite territorial, los soldados quebrantaron el juramento de tregua, le arrebataron la soga de las manos y lo ahorcaron en el acto sin juicio formal.
Aquella traición desató un efecto dominó incontrolable. El amo del campesino, Jean de Beaufort, consideró el ajusticiamiento una humillación intolerable a su jurisdicción y mandó quemar el castillo del verdugo. La violencia escaló hasta involucrar a las grandes potencias de la región: el Conde de Namur y el Duque de Luxemburgo tomaron las armas contra las tropas del Príncipe-Obispo de Lieja. Lo que empezó por una disputa ganadera se convirtió en una guerra total de asedios y tierra quemada, donde miles de caballeros acorazados arrasaron más de sesenta aldeas y ejecutaron prisioneros en masa por mero orgullo nobiliario.
La contienda se prolongó durante tres sangrientos años y solo concluyó cuando el mismísimo rey Felipe III de Francia intervino para forzar una mediación en 1278. El balance de la absurda *Guerre de la Vache* fue atroz: se calcula que murieron más de quince mil personas y dos regiones enteras quedaron arruinadas económicamente por varias generaciones, todo por un animal cuyo precio en la feria no superaba unas pocas monedas de cobre.
"A pesar de la carnicería que provocó la pérdida de quince mil vidas humanas, la vaca que desató el conflicto sobrevivió ilesa a los tres años de combates."