En el año 1102, el refinado emperador Huizong de la dinastía Song tomó una decisión que sumió a China en el caos cotidiano: prohibió por decreto absoluto matar, comerciar o comer carne de perro en todo el territorio imperial. La insólita medida no respondía a la compasión, sino a una superstición cortesana desmedida. Un adulador funcionario llamado Fan Zhixu convenció al monarca de que, habiendo nacido en el Año del Perro según el zodiaco oriental, permitir que el pueblo devorara a su animal protector equivalía a una maldición cósmica y una ofensa directa a la corona. De la noche a la mañana, el animal doméstico más común fue elevado a la categoría de símbolo sagrado.
El impacto en la capital, Bianjing (la actual Kaifeng), desató una histeria sin precedentes. El tribunal imperial fijó una recompensa de veinte mil monedas de cobre para quien delatara a un infractor, lo que provocó que los vecinos se espiaran frenéticamente e inspeccionaran calderos ajenos en busca de huesos sospechosos. Carnicerías y posadas históricas quebraron de inmediato, mientras jaurías feroces de perros callejeros se multiplicaron e invadieron los mercados. Los ciudadanos caminaban aterrorizados; si un perro mordía a un niño, los padres no podían espantarlo a palos por miedo a ser acusados de desacato imperial y terminar encadenados.
La crisis urbana y las quejas de los letrados obligaron a la corte a reaccionar antes de que las manadas rabiosas tomaran el control total de la capital. La salvación llegó gracias a la lógica demoledora de un funcionario que confrontó al emperador recordándole que su difunto padre, el emperador Shenzong, había nacido bajo el signo astrológico de la Rata. El erudito preguntó respetuosamente si el imperio debía suspender también el exterminio de roedores y proteger a las plagas en los graneros reales. Incapaz de sostener el ridículo público, Huizong anuló la ley discretamente, devolviendo la cordura al orden público tras años de auténtica psicosis legislativa.
"Durante la vigencia de la ley, las acusaciones falsas entre rivales comerciales eran tan comunes que los tribunales imperiales contrataban expertos para desenterrar ollas y peritar restos óseos hervidos."