En el gélido invierno de 1910, una peste devastadora comenzó a aniquilar Manchuria con una tasa de mortalidad del cien por cien. El joven médico de origen chino Wu Lien-teh dedujo algo revolucionario: la plaga no viajaba en pulgas de rata, sino suspendida en las microgotas del aliento humano. Para combatirla, Wu diseñó un tosco pero ingenioso artefacto multicapa cosido con gasa de quirófano y relleno de algodón que costaba apenas unos centavos. Sin embargo, la comunidad científica colonial se negó a tomar en serio a un médico local que aseguraba que un vulgar pedazo de tela podía detener a la muerte.
El conflicto estalló en enero de 1911 con la llegada a Harbin del doctor Gérald Mesny, un célebre epidemiólogo francés que había lidiado con epidemias en la India. Enfurecido por las teorías de Wu, a quien consideraba inferior, Mesny desestimó la idea de que la peste flotara en el aire y protagonizó un acto de soberbia fatal. Para demostrar públicamente la supuesta ridiculez del barbijo, Mesny ingresó deliberadamente a las salas de apestados tosiendo con la cara completamente descubierta, desafiando a la peste a que lo infectara por vía aérea.
El desenlace del arrogante desafío fue tan rápido como escalofriante. Apenas dos días después de su visita sin protección, el doctor francés comenzó a escupir sangre y a delirar por una fiebre volcánica; Mesny murió asfixiado exactamente seis días más tarde dentro de un ataúd sellado con zinc. Su grotesca muerte accidental sirvió como la prueba clínica irrefutable que Wu necesitaba: el pánico desatado forzó a todo el personal sanitario internacional a cubrirse la boca y la nariz, transformando aquel trozo de gasa manchuriano en el ancestro directo de la mascarilla N95 moderna.
"El invento de Wu fue tan eficaz que las autoridades rusas y chinas estamparon la silueta de la mascarilla en sellos y postales como símbolo de victoria patriótica contra la muerte."