En 1861, Denis Vrain-Lucas, un escribano provincial sin un céntimo, se presentó ante Michel Chasles, el matemático más respetado del Instituto de Francia. Afirmó custodiar los restos de una colección nobiliaria salvada del naufragio revolucionario y le ofreció un lote histórico: cartas inéditas donde Blaise Pascal formulaba las leyes de la gravedad años antes que Isaac Newton. Chasles, cegado por el orgullo patriótico francés, compró de inmediato la correspondencia y la presentó con bombos y platillos ante la prestigiosa Academia de Ciencias de París, desatando una auténtica crisis diplomática y científica con Inglaterra.
Durante ocho años de euforia, Chasles siguió comprando febrilmente el material que el intermediario le suministraba desde su humilde buhardilla. Vrain-Lucas llegó a falsificar a mano más de 27.000 documentos históricos, utilizando papel de siglos pasados arrancado de guardas de libros viejos, tintas envejecidas con calor y hollín de velas. Lo insólito no era el volumen, sino el descaro: vendió supuestas cartas auténticas de Carlomagno, Alejandro Magno, Poncio Pilato e incluso cartas de amor de Cleopatra a Julio César, todas ellas redactadas en un pintoresco francés arcaico inventado por él mismo.
El delirio colapsó cuando la Academia británica demostró que las mediciones astronómicas atribuidas a Pascal correspondían a observaciones de Galileo hechas mucho después de su muerte. En 1869, la policía allanó la buhardilla del falsificador y descubrió cientos de pliegos y cartas listas para la venta dirigidas nada menos que por María Magdalena. Vrain-Lucas fue condenado a dos años de prisión tras estafar más de 140.000 francos de la época, mientras el brillante Chasles pasó a la posteridad inmortalizado no por sus teoremas geométricos, sino como la víctima del engaño documental más ridículo del siglo XIX.
"Para justificar por qué Cleopatra escribía en francés medieval, el falsificador convenció al reputado sabio de que los faraones egipcios recibían educación privada de eruditos galos."