En los límites de la Alejandría romana del siglo II, un hombre afectado por elefantiasis —la manifestación más mutilante y temida de la lepra— fue arrojado al desierto para morir solo. Desesperado por el dolor y la sed abrasadora, el moribundo se arrastró hacia una vasija de vino rota que los campesinos habían dejado abandonada. En su interior flotaba un cadáver descompuesto: una víbora cornuda venenosa se había ahogado allí días atrás, disolviendo su ponzoña en el alcohol agrio. Convencido de que el veneno le ofrecería un suicidio misericordioso, el enfermo bebió hasta la última gota del mejunje putrefacto y se tumbó a esperar el colapso.
El líquido no lo mató, sino que desató una noche de convulsiones dantescas, espasmos y una sudoración tan abrasiva que parecía cocinarlo vivo. Cuando el desahuciado recuperó el conocimiento al amanecer, presenció algo insólito: su piel podrida se desprendió en placas enteras como la muda de una serpiente, dejando a la vista carne rosada, firme y completamente libre de las úlceras que lo consumían. Caminó por sus propios medios de regreso a la ciudad, provocando el terror y la incredulidad de los ciudadanos, quienes creyeron estar ante un espectro antes de llevarlo ante los anatomistas de la famosa Escuela de Medicina de Alejandría.
Fascinados por aquella intoxicación fortuita, los médicos alejandrinos concluyeron que el veneno diluido y digerido actuaba como un corrosivo capaz de devorar la corrupción interna de la carne. Inmediatamente comenzaron experimentos sistemáticos, capturando serpientes para cortarles cabeza y cola, hervir su carne con sal y eneldo, y dosificarla en pastillas experimentales. Aquel intento desesperado de suicidio convirtió la carne de víbora en el componente rey de la teriaca, el fármaco milagroso más caro de la Antigüedad, recetado por el célebre Galeno al mismísimo emperador Marco Aurelio para blindar su cuerpo contra venenos y pestes.
"Hasta bien entrado el siglo XVIII, el prestigioso Colegio de Médicos de Venecia aún preparaba la teriaca en plazas públicas para certificar ante el pueblo que las víboras utilizadas estuvieran frescas, tal como exigía la fórmula nacida de aquel leproso egipcio."