Europa del Este vivía un siglo XVIII convulso cuando el ambicioso noble húngaro Gedeon Ráday decidió fundar su propia nación soberana de la nada: el supuesto principado autónomo de Zug, ubicado en una supuesta franja fronteriza olvidada entre los imperios Habsburgo y Otomano. Aprovechando el caos administrativo de la época, Ráday construyó una compleja fachada burocrática en 1793 que incluía la impresión de sellos reales, títulos nobiliarios falsos y una moneda soberana acuñada clandestinamente que empezó a circular con sorprendente fluidez entre los comerciantes locales.
El fraude escaló a niveles delirantes cuando Ráday comenzó a vender pasaportes diplomáticos, ciudadanías y tierras imaginarias de Zug a desertores, criminales adinerados y prófugos de la justicia que buscaban inmunidad legal en Europa central. Ninguna aduana fronteriza ni banco dudó de la autenticidad del documento, ya que el estafador sobornaba discretamente a funcionarios de baja categoría y utilizaba un lenguaje administrativo tan pomposo que nadie se atrevía a cuestionar la existencia legal del pequeño estado fantasma.
El imperio de papel se derrumbó en 1795 cuando las autoridades otomanas interceptaron a un cargamento de falsos diplomáticos de Zug y exigieron a Viena una aclaración sobre los límites territoriales de ese nuevo vecino. Una rápida inspección imperial reveló que el principado solo existía en la mente brillante y cínica de Ráday, quien terminó sus días en una mazmorra húngara mientras su moneda falsa se convertía en un codiciado y bizarro objeto de colección entre los numismáticos de la época.
"Para cuando la policía descubrió el pastel, el falso estado de Zug ya había 'exportado' más de 300 pasaportes diplomáticos y firmado tratados comerciales ficticios con tres ciudades libres alemanas."