En el invierno de 1126, la resplandeciente capital de la dinastía Song, Kaifeng, vivía sus horas más oscuras. Los temibles jinetes nómadas del Imperio Jin habían cercado las murallas y amenazaban con arrasar a más de un millón de habitantes si no recibían un tributo inmediato y colosal: cinco millones de onzas de oro y cincuenta millones de onzas de plata. Con las arcas imperiales exhaustas tras meses de guerra y sin metal suficiente en todo el norte de China para saldar semejante suma, los altos funcionarios del Tesoro Imperial tramaron una estafa desesperada.
Bajo la supervisión de ministros acorralados, los orfebres de palacio recibieron la orden secreta de fabricar miles de lingotes de plata falsificados a contrarreloj. Los artesanos moldearon una finísima capa exterior de plata pura sobre pesados núcleos rellenos de plomo barato, escoria de fundición y arcilla húmeda. Con un pulido meticuloso y grabados con los sellos oficiales del emperador Huizong, los falsos tesoros fueron embalados en cientos de cofres de seda y enviados en carretas directamente al campamento del general invasor Wanyan Zongwang.
El engaño duró apenas unas horas. Sospechando del tacto y la maleabilidad del botín, los oficiales Jin partieron un lingote por la mitad con un hacha militar, dejando al descubierto el barro seco en su interior. La furia de los invasores fue apocalíptica: rompieron las negociaciones, tomaron Kaifeng por asalto y capturaron a dos emperadores, sus consortes y a más de tres mil cortesanos, deportándolos como esclavos a Manchuria y provocando el colapso definitivo del Song del Norte en la histórica catástrofe de Jingkang.
"Para intentar completar el peso antes de entregar los lingotes de barro, los ministros llegaron a desmantelar los techos dorados del palacio y confiscaron hasta las horquillas de plata de las damas de honor de la corte."