En diciembre de 1965, el gurú de la contracultura y exprofesor de Harvard, Timothy Leary, fue detenido al cruzar la frontera en Laredo, Texas, con una ínfima cantidad de marihuana en el auto. En lugar de procesarlo por contrabando común, los fiscales federales aplicaron la surrealista Ley del Impuesto sobre la Marihuana de 1937. Esta norma no prohibía formalmente la sustancia, sino que exigía a cualquier portador comprar un timbre fiscal gubernamental obligatorio de 100 dólares por onza para que la posesión fuera legal. Sin embargo, el trámite escondía una perversa trampa burocrática.
Para adquirir legalmente el timbre fiscal, el solicitante debía acudir a la oficina de impuestos y firmar un formulario declarando bajo juramento que poseía la droga no regulada. En ese instante exacto, las autoridades fiscales estaban obligadas a entregar dicha confesión por escrito a la policía estatal, donde la tenencia era castigada con décadas de prisión. Dicho de otro modo: pagar el impuesto implicaba confesar voluntariamente un crimen, y no pagarlo constituía evasión fiscal federal. Leary fue condenado a 30 años de cárcel y una multa desorbitada por no haber comprado un sello que nadie en la historia había podido solicitar sin ser esposado.
Leary llevó el absurdo laberinto tributario hasta la Corte Suprema en el histórico caso Leary v. United States. El 19 de mayo de 1969, en una decisión unánime, el tribunal dictaminó que el impuesto violaba frontalmente la Quinta Enmienda contra la autoincriminación, dinamitando la ley federal en un solo golpe. Humillado y sin marco legal para procesar a la juventud rebelde, el presidente Richard Nixon respondió desmantelando el sistema impositivo y promulgando la Ley de Sustancias Controladas de 1970, inaugurando formalmente la masiva 'Guerra contra las Drogas' que aún rige al planeta.
"Para pagar legalmente el impuesto de 1937, el comprador debía presentar una orden judicial que el gobierno solo emitía si el solicitante ya tenía el sello que intentaba comprar."