Durante las primeras décadas de colonización en la América española, la escasez de médicos titulados europeos en ciudades como Cartagena de Indias creó un vacío sanitario letal. Ante la desesperación, la población recurrió masivamente a los saberes ancestrales y botánicos de los esclavos africanos y los libertos, quienes dominaban el uso de raíces, ungüentos y técnicas quirúrgicas avanzadas para sanar fiebres tropicales y heridas graves que la medicina española de la época no sabía tratar.
Sin embargo, el éxito rotundo de estos médicos prácticos desató el pánico entre las élites peninsulares y el Tribunal del Protomedicato. En 1593, las autoridades virreinales aprobaron una ordenanza draconiana: cualquier esclavo o negro libre que practicara la curación y cuyo paciente falleciera, sería condenado a la horca de manera inmediata, bajo la presunción de brujería o envenenamiento intencional, sin importar la gravedad previa del enfermo.
Lejos de frenar la práctica, la ley desató una clandestinidad radical donde los médicos afrodescendientes operaban en redes secretas de la noche, arriesgando la horca a cambio de la libertad que los pacientes agradecidos les prometían en secreto. Irónicamente, la Corona terminó dependiendo tanto de sus manos que, un siglo después, el propio cabildo debió tolerar sus servicios ante la ineficacia de los médicos oficiales.
"Muchos de estos médicos clandestinos introdujeron en América el uso pionero del aceite de palma y la rauwolfia para tratar la hipertensión y la ansiedad, milagros botánicos que los tribunales llamaban 'artes oscuras'."