En la primavera de 1303, mientras el rey Eduardo I de Inglaterra combatía a los rebeldes en Escocia, un comerciante quebrado llamado Richard Pudlicott ideó el golpe más demencial del Medioevo europeo. La corona entera, junto a las joyas reales y más de 100.000 libras de oro acumuladas para financiar la guerra, descansaban en la cripta de la Abadía de Westminster. Durante varias semanas, Pudlicott rascó y perforó en absoluta soledad los muros de piedra maciza de la abadía, auxiliado por la complicidad silenciosa de clérigos corruptos seducidos por la promesa de una tajada millonaria.
La noche del 24 de abril, el ladrón logró retirar las piedras finales y se arrastró dentro de la bóveda real. Se encontró ante una montaña de rubíes, coronas de gala, vajillas ceremoniales y sacos repletos de florines que superaban el presupuesto anual de toda la monarquía. Para esconder la tierra removida y ocultar los sacos robados, Pudlicott sembró cáñamo sobre el cementerio del monasterio. La operación parecía perfecta, pero el plan colapsó por pura codicia callejera: los cómplices empezaron a pagar cuentas en burdeles y tabernas con joyas reales, mientras pescadores del Támesis rescataban del fango copas de oro que los ladrones habían dejado caer en la huida.
La noticia llegó a oídos de Eduardo I en el campamento militar, desatando una cacería brutal en la capital. El monarca ordenó encarcelar en la Torre de Londres al mismísimo abad y a 48 monjes de Westminster, sometiéndolos a brutales interrogatorios. Pudlicott cayó poco después con bolsillos cosidos repletos de piedras preciosas. En 1305 fue condenado por alta traición y ahorcado en Tyburn; la leyenda institucional cuenta que su piel fue arrancada y clavada en las puertas de la abadía para recordar a la posteridad lo que ocurría a quien osaba tocar el oro del rey.
"Siglos más tarde, arqueólogos victorianos encontraron fragmentos de piel humana disecada fijados bajo los herrajes de la puerta de la sala capitular de Westminster, confirmando el sangriento castigo."