En mayo de 1540, la maltrecha expedición de Hernando de Soto vagaba exhausta por los densos bosques del actual estado de Carolina del Sur. Guiados por rumores de riquezas fabulosas, arribaron a Cofitachequi, una influyente jefatura de la cultura mississippiana gobernada por una joven líder a quien los cronistas llamaron 'la Dama'. Aunque fueron recibidos en paz con regalos de perlas de agua dulce, los conquistadores exigieron ver el lugar de entierro de los antepasados. Guiados por la codicia, irrumpieron en el templo sagrado de Talimeco, un inmenso osario techado con conchas marinas y flanqueado por gigantescas tallas de madera que custodiaban cientos de arcones funerarios.
Esperando encontrar ídolos de oro, los soldados comenzaron a destapar los féretros de caña que guardaban cadáveres embalsamados y montones de perlas. El desconcierto se tornó en escalofrío cuando, entre los huesos nativos y los mantos de plumas, emergieron espadas castellanas, hachas de hierro de Vizcaya y rosarios de vidrio veneciano. En lo profundo de un territorio continental que los exploradores creían estar pisando por primera vez, una civilización ajena al Viejo Mundo rendía culto fúnebre a reliquias de acero europeo, integrándolas en sus ritos mortuorios más sagrados.
El misterio se aclaró al identificar el origen de los objetos: catorce años antes, en 1526, el oidor Lucas Vázquez de Ayllón había fundado el efímero asentamiento de San Miguel de Gualdape, el cual colapsó en pocos meses diezmado por el invierno, la disentería y una revuelta de esclavos. Los indígenas habían desvalijado las ruinas de aquella colonia fantasma y trasladado las armas cientos de kilómetros tierra adentro a través de redes comerciales. De Soto saqueó más de cien kilos de perlas de las tumbas antes de continuar su destructiva travesía hacia el río Misisipi, abandonando a una población que poco después colapsaría por las enfermedades recién introducidas.
"Entre los restos indígenas del mausoleo, los soldados hallaron intacta una bula papal de plomo que los sacerdotes nativos habían colocado sobre el pecho de un cadáver noble como amuleto sagrado."