Corría el año 1725 cuando expedicionarios y comerciantes europeos lograron adentrarse en el corazón del reino de Dahomey, actual Benín, siguiendo rutas comerciales prohibidas. Al cruzar las puertas del complejo palaciego del rey Agaja Trassou, la arquitectura macabra dejó helados a los expedicionarios: las murallas interiores no estaban hechas de piedra común, sino incrustadas con miles de cráneos humanos pulidos pertenecientes a enemigos vencidos en campañas anteriores.
El descubrimiento arqueológico accidental y etnográfico reveló una corte donde el poder absoluto se manifestaba a través de la muerte. Los europeos documentaron estupefactos que los pilares de las salas del trono descansaban sobre los cuerpos momificados de reyes vasallos vencidos, mientras que el propio monarca gobernaba sentado sobre una plataforma hecha exclusivamente de calaveras humanas recubiertas de oro y sangre ritual.
Este hallazgo expuso al mundo occidental la compleja y brutal maquinaria militar de Dahomey, un imperio que financiaba su expansión y comercio de esclavos mediante guerras implacables. Los reportes de la expedición desataron una histeria colectiva en las cortes europeas sobre la barbarie africana, consolidando la leyenda negra del reino antes de que su dinastía fuera finalmente desmantelada por las potencias coloniales en el siglo siguiente.
"Para las ceremonias más importantes, la guardia real de Dahomey utilizaba armas y bastones decorados con mandíbulas humanas reales como símbolos definitivos de autoridad."