Corría el año 1767 en el Virreinato del Perú, específicamente en la Real Audiencia de Charcas (actual Bolivia). Las arcas de la corona española estaban vacías y la metrópoli ideó una de las gabelas más ridículas de la historia americana: el arancel extraordinario sobre el vello facial. Todo hombre adulto que osara caminar por las calles de La Paz luciendo barba completa debía pagar un impuesto anual obligatorio de varios reales, bajo la premisa de que el porte de una larga melena en la mandíbula denotaba una desmedida soberbia e independencia que desafiaba la autoridad del Rey.
La medida desató un desconcierto masivo y una profunda humillación entre la población criolla e indígena, que consideraba la barba un símbolo de virilidad y estatus. Los inspectores fiscales reales, apodados despectivamente por los lugareños como 'los peluqueros del fisco', patrullaban las plazas provistos de cintas métricas y registros de contribuyentes para multar o confiscar bienes a los infractores barbudos. La tensión social escaló tanto que los barberos locales se convirtieron en improvisados agentes secretos, delatando a sus propios clientes a cambio de inmunidad fiscal, mientras las revueltas callejeras comenzaban a gestarse en los callejones empedrados.
Ante el inminente estallido de un motín generalizado y la negativa rotunda de los ciudadanos a pagar por su propia anatomía, el Cabildo de La Paz tuvo que dar marcha atrás y derogar el impuesto apenas seis meses después de su promulgación. Este insólito tributo no solo fracasó estrepitosamente en recaudar fondos para la Corona, sino que dejó un precedente histórico sobre hasta dónde podía llegar la voracidad fiscal de un imperio en decadencia.
"Para evitar el pago, muchos hombres recurrieron a rasurarse con piedras afiladas en plena vía pública, inaugurando una violenta moda de rostros sangrantes."