En la primavera del año 137 d.C., el próspero oasis de Palmira, en pleno desierto sirio, estaba a punto de estallar en una guerra civil. Los recaudadores privados de impuestos, amparados en lagunas legales romanas, extorsionaban a las caravanas que cruzaban la Ruta de la Seda cobrándoles tributos inventados sobre cualquier bulto. Los poderosos jefes nómadas amenazaron con desviar las rutas de comercio y dejar la ciudad en la bancarrota absoluta, obligando al senado local a intervenir de urgencia para fijar en un muro público una tarifa tributaria obligatoria e inmutable.
El resultado fue una losa de caliza de diez toneladas y cinco metros de largo con un código fiscal surrealista. Para evitar que los recaudadores especularan con mercancías cotidianas, la ley tasó minuciosamente los artículos más insólitos del desierto: se fijó un peaje por cada pellejo de grasa animal rancia, un cobro por cada camello que entrara descargado a beber a las fuentes públicas y un impuesto especial sobre el tránsito de cadáveres momificados destinados a las torres funerarias. Además, la norma estableció que cada prostituta debía tributar exactamente el valor de un servicio completo al mes, clasificando a las trabajadoras según cobraran más o menos de un denario por cliente para evitar el fraude.
Lejos de espantar el comercio, esta estricta tabla de tributos absurdos pero transparentes aniquiló la corrupción de los publicanos de un solo golpe. Los mercaderes de Persia, India y Roma volvieron en masa al oasis sabiendo exactamente cuánto costaba cada paso, convirtiendo a Palmira en una superpotencia financiera y militar que décadas más tarde se atrevió a desafiar la hegemonía del mismísimo Imperio Romano bajo el mando de la célebre reina Zenobia.
"La inmensa estela con las tarifas fue descubierta enterrada en la arena en 1881 por el príncipe ruso Abamelek-Lazarev y hoy se exhibe intacta en el Museo del Hermitage de San Petersburgo."