En mayo de 1868, el comerciante alemán Ernst Oppert concibió el plan de extorsión más bizarro de la diplomacia decimonónica. Frustrado porque el 'Reino Ermitaño' de Joseon (la actual Corea) ejecutaba a los extranjeros y mantenía sus fronteras blindadas al comercio, Oppert decidió secuestrar el cadáver del padre del regente Heungseon Daewongun. Asesorado por un sacerdote católico francés expulsado, contrató dos cañoneros, reclutó a casi cien marineros filipinos y mercenarios occidentales, y zarpó con palas y dinamita hacia la provincia de Chungcheong convencido de que la familia real cedería su soberanía económica a cambio de recuperar las veneradas reliquias de su ancestro.
La expedición nocturna avanzó río arriba hasta la remota colina de Deoksan, donde yacía el túmulo del príncipe Namyeon. Guiados por mapas clandestinos, los hombres de Oppert redujeron a los guardias locales y comenzaron a excavar frenéticamente en la oscuridad para saquear el ataúd antes de que sonaran las alarmas. Sin embargo, los asaltantes chocaron contra una formidable obra de ingeniería funeraria coreana: una coraza de cal viva petrificada y mortero de arroz impenetrable para sus piquetas. Durante cinco agotadoras horas sudaron sangre intentando abrir una brecha, hasta que la marea del río empezó a bajar y las milicias aldeanas se concentraron armadas con mosquetes y flechas.
Derrotado por el cemento ancestral y al borde de quedar varado, el mercenario alemán ordenó una caótica retirada sin haber arañado el sarcófago. El profanador huyó a Shanghái dejando tras de sí una crisis geopolítica masiva, donde fue repudiado por los propios cónsules occidentales y juzgado en Hamburgo. En Corea, la furia por el sacrilegio desató una histeria xenófoba sin precedentes: el regente Daewongun mandó erigir estelas de piedra proclamando odio absoluto a Occidente y ordenó purgar de inmediato a miles de cristianos sospechosos de colaborar en el complot.
Tras huir, Oppert se quejó amargamente en sus memorias de que las palas compradas en China eran 'de pésima calidad'.
"La mezcla de cal y mortero de arroz que frustró el robo era tan indestructible que los coreanos tardaban meses en romperla cuando necesitaban mover una tumba."