En 1692, en la gélida región oriental de Livonia (actual Letonia), un tribunal luterano interrogaba a un campesino de ochenta años llamado Thiess de Kaltenbrun por una disputa vecinal rutinaria. Sin embargo, la sesión judicial dio un giro espeluznante cuando el anciano admitió con naturalidad absoluta lo que los jueces más temían: confesó ser un hombre lobo que recorría los bosques bajo forma de bestia. En pleno siglo XVII, una revelación semejante equivalía a una condena inmediata a la pira inquisitorial por adoración satánica, pero Thiess desarmó a los magistrados con una declaración que desafiaba cualquier lógica teológica.
Lejos de implorar clemencia o admitir pactos oscuros, Thiess explicó que él y una hermandad secreta de licántropos eran en realidad los 'sabuesos de Dios' encargados de salvar a Europa de la hambruna. Tres veces al año, en las noches de Santa Lucía, Pentecostés y San Juan, descendían en manada hasta el mismísimo infierno para entablar brutales batallas a mordiscos y latigazos de hierro contra brujos y demonios. El botín de esa guerra sobrenatural no eran almas, sino el ganado, los brotes de centeno y la fertilidad de la tierra que las fuerzas del mal habían robado para secar las cosechas campesinas.
El tribunal quedó paralizado en un dilema jurídico sin precedentes: el hombre admitía ser un monstruo pagano, pero se negaba tajantemente a servir al diablo y aseguraba salvar a la cristiandad. Los clérigos intentaron obligarlo a arrepentirse, pero Thiess se mantuvo firme, despreciando a los párrocos y afirmando que sus victorias nocturnas mantenían a salvo el pan del imperio. Incapaces de clasificarlo como brujo satánico según la ley vigente, los jueces descartaron la hoguera y lo condenaron simplemente a diez azotes por superstición y desvarío religioso.
Investigaciones folclóricas del siglo XX descubrieron que Thiess no deliraba en solitario, sino que preservaba el último vestigio vivo de un antiquísimo culto chamánico báltico de fertilidad agraria.
"Thiess enfureció a los teólogos al insistir en que, al morir, las almas de los hombres lobo iban directo al cielo antes que las de los propios sacerdotes."