En el año 842 d.C., el califa abasí Al-Wathiq despertó en su palacio de Samarra bañado en un sudor frío y paralizado por el pánico. Había soñado que el colosal muro que aprisionaba a las hordas del apocalipsis se había agrietado, anunciando el fin inminente de la civilización. Lejos de tratarlo como una simple alucinación nocturna, el mandatario vació las arcas reales y ordenó organizar una expedición inmediata: cincuenta jinetes de élite, liderados por el erudito políglota Sallam al-Tarjuman, recibieron 5.000 dinares de oro y la misión suicida de cabalgar hasta el límite septentrional del planeta para verificar si las puertas de hierro seguían cerradas.
Durante veintiocho meses infernales, la caravana cruzó miles de kilómetros de estepas desoladas y montañas inhóspitas del Cáucaso y Asia Central, sobornando a reyes nómadas con lingotes para franquear el paso. Las enfermedades, el hielo implacable y las emboscadas diezmaron a la comitiva: treinta y seis exploradores murieron en la ruta. Sin embargo, los catorce supervivientes llegaron finalmente a un desfiladero tenebroso flanqueado por riscos verticales. Allí, empotrada en la roca viva, se erguía una estructura titánica: una muralla ciclópea de ladrillos de hierro soldados con bronce y una puerta descomunal con un cerrojo de siete codos que no pertenecía a ninguna arquitectura conocida.
Cuando Sallam regresó a Samarra esquelético y con la piel ennegrecida por la intemperie, la corte creyó escuchar una fábula bíblica, pero el geógrafo imperial Ibn Khordadbeh interrogó a los testigos bajo juramento y catalogó cada medida técnica. Lo que la expedición había documentado accidentalmente no era una leyenda sobrenatural, sino las ruinas de las monumentales fortificaciones sasánidas de Derbent, cuyos guardianes golpeaban rítmicamente el metal con martillos para ahuyentar invasores. La paranoia del califa no detuvo el apocalipsis, pero produjo el primer informe arqueológico y geográfico detallado de los confines del mundo euroasiático jamás registrado por el mundo islámico.
"Para certificar que la colosal puerta de hierro seguía intacta, el explorador Sallam raspó con su daga la cerradura y regresó a Irak con una bolsita llena de virutas metálicas como prueba física para el califa."