Corría el año 1578 en el norte de África, una época de extrema tensión geopolítica donde el Imperio Otomano y el naciente Sultanato Saadí de Marruecos disputaban cada palmo de influencia en el continente. Sin embargo, la gran confrontación militar que amenazaba con sacudir el desierto no nació de una disputa territorial estratégica, sino de un evento de puro orgullo infantil entre mandos medios. Dos columnas de élite, una marroquí y otra de irregulares aliados de la regencia otomana de Argel, convergieron simultáneamente en un angosto paso de montaña conocido como el desfiladero de Wadi al-Makhazin.
Ninguno de los dos capitanes quiso ceder el paso al otro, argumentando que su soberanía merecía la precedencia en la ruta, lo que escaló rápidamente de los insultos a los empujones y, finalmente, a una batalla campal a gran escala entre ejércitos que supuestamente eran hermanos de religión frente a enemigos comunes. Durante horas, los soldados se masacraron mutuamente en las rocas en una confusión total, disparando cañones y cargando con caballería en un espacio tan reducido que las bajas superaron los cientos de muertos por una simple rabieta de protocolo.
El ridículo enfrentamiento dejó tan debilitadas a ambas facciones locales que el sultán marroquí debió intervenir personalmente para evitar el colapso total de la frontera, mientras los cronistas de la época anotaban con estupor cómo la gran geopolítica del siglo XVI había naufragado ante el ego desmedido de dos hombres incapaces de dar un paso atrás. La trifulca del desfiladero demostró que a veces la historia no la mueven los grandes ideales, sino la pura y dura tozudez humana.
"Ironías de la historia: apenas unas semanas después de esta masacre por un sendero, ambos bandos tuvieron que unirse a la fuerza para enfrentar la desastrosa invasión del rey Sebastián I de Portugal en la célebre Batalla de los Tres Reyes."