A finales de septiembre de 1650, los habitantes de la isla de Santorini, bajo dominio otomano, presenciaron cómo las aguas del mar Egeo comenzaron a convulsionar sin viento alguno. De pronto, el océano cambió de color: pasó de un verde lechoso a un rojo viscoso y empezó a despedir un calor insoportable que cocinó a millones de peces, los cuales cubrieron las playas en una marea putrefacta. Los pescadores locales huyeron aterrados al notar que el fondo marino rugía como si miles de cañones dispararan al unísono bajo el casco de sus botes.
El verdadero horror se desató durante la noche del 27 de septiembre. Una gigantesca nube negra emergió del agua acompañada de relámpagos y una densa niebla con olor a azufre que barrió la isla. Un gas tóxico e invisible asfixió de inmediato a más de 70 personas y mil animales domésticos en sus camas, provocando un colapso psicológico masivo. Convencidos de que las puertas del infierno se habían quebrado y los demonios reclamaban sus almas, cientos de aldeanos enloquecidos por el terror se flagelaban en las iglesias mientras el mar escupía montañas de piedra pómez ardiente que bloqueaban las costas hasta Asia Menor.
No era una maldición diabólica, sino el despertar del volcán submarino Kolumbo, cuya violenta erupción generó un tsunami de cuatro metros que destruyó las fortificaciones costeras otomanas. El estruendo fue tan titánico que se escuchó con nitidez en Estambul, a más de 600 kilómetros de distancia. Cuando el humo se disipó semanas después, el mapa del Egeo había mutado para siempre, dejando un cráter abisal oculto bajo las olas que los marineros del sultán no se atrevieron a navegar durante décadas.
"La nube de ceniza y gas tóxico de Kolumbo fue tan densa que oxidó y oscureció instantáneamente las monedas de plata que los otomanos guardaban dentro de cofres cerrados a decenas de kilómetros."