En noviembre de 1817, la prestigiosa sala del Court of King's Bench de Londres presenció una escena sacada de una pesadilla medieval. Abraham Thornton, un robusto albañil acusado de violar y ahogar a la joven Mary Ashford en una fosa de Warwickshire, había sido absuelto meses antes por falta de testigos directos. Sin embargo, el hermano mayor de la víctima, William Ashford, recurrió a una figura jurídica arcaica para reabrir el caso de forma privada: la apelación de sangre. Nadie en el tribunal esperaba la jugada maestra que Thornton tenía preparada junto a sus abogados.
Al ser llevado ante el tribunal supremo para responder a la nueva acusación, Thornton miró fijamente al hermano de la víctima, se quitó un pesado guantelete de cuero blanco y lo arrojó al suelo a los pies del juez. Con voz firme exclamó: «No culpable; y estoy listo para defenderlo con mi cuerpo». El acusado acababa de invocar formalmente el wager of battle o juicio por combate a muerte. Aunque sonaba a delirio bávaro del siglo XI, los jueces, encabezados por Lord Ellenborough, suspendieron la sesión y pasaron meses devorando manuscritos jurídicos solo para descubrir una verdad humillante: el Parlamento británico jamás había derogado la ley medieval de duelo judicial.
El dictamen judicial de abril de 1818 dejó en shock a toda la sociedad victoriana: el juicio por combate seguía siendo un derecho legal incuestionable en Gran Bretaña. Como Thornton medía casi uno con noventa y era un coloso de fuerza física, el frágil William Ashford no tuvo más opción que rechazar el enfrentamiento armado para salvar su pellejo, permitiendo que el presunto asesino saliera caminando como un hombre libre. El escándalo público fue tan mayúsculo que obligó al Parlamento a redactar y aprobar de urgencia la Ley de Apelaciones de Asesinato de 1819, enterrando para siempre los duelos judiciales en el derecho anglosajón.
Thornton tuvo que huir en secreto a Estados Unidos bajo un nombre falso porque las turbas enfurecidas intentaron lincharlo apenas abordó el barco en Liverpool.
"De haberse aceptado la pelea, la ley obligaba a los combatientes a luchar descalzos, con cabezas rapadas y armados únicamente con bastones de madera coronados con cuernos de carnero."