En 1568, en las calles coloniales de la Ciudad de los Reyes (Lima), el boticario español Pedro de Osma y Xara escuchó una afirmación indígena que desafiaba toda la doctrina médica europea: los cazadores andinos juraban que las vicuñas silvestres producían en su aparato digestivo cálculos pétreos capaces de anular cualquier veneno mortal. Para los médicos letrados de la época, formados en Galeno e Hipócrates, aquella idea parecía pura brujería pagana. Sin embargo, intrigado tras observar cómo los pastores locales sobrevivían a mordeduras de serpientes consumiendo raspaduras de estas piedras estomacales, Osma decidió abandonar las teorías de gabinete y diseñar un experimento toxicológico tan brutal como concluyente.
El boticario consiguió varios animales vivos —y, según recogen crónicas coloniales, recurrió también a reos condenados— para someterlos a una sobredosis letal de tósigo vegetal y arsénico. Cuando los cuerpos comenzaron a retorcerse en el suelo entre convulsiones violentas y asfixia inminente, Osma ejecutó el insólito ensayo: machacó con un mortero la piedra extraída de las entrañas del camélido, disolvió el polvo terroso en vino blanco y se lo vertió por la garganta a los moribundos. Para asombro absoluto de los testigos, el preparado provocó un vómito negro catártico que frenó el colapso orgánico, permitiendo que los envenenados se pusieran de pie ilesos en cuestión de minutos.
Fascinado por la milagrosa capacidad de las sales biliares del animal para neutralizar toxinas, Osma envió muestras y sus reportes a Sevilla, donde el prestigioso doctor Nicolás Monardes los catalogó e imprimió en 1571. El bizarro experimento colonial provocó una auténtica locura en Europa: bautizada como la «Piedra Bezoar de Indias», la masa digestiva llegó a cotizarse por encima del oro. Monarcas como Felipe II de España y Rodolfo II del Sacro Imperio engarzaron estos residuos estomacales en joyas y copas de oro macizo, sumergiendo la secreción andina en sus bebidas antes de cada trago por terror a ser asesinados en la corte.
"La histeria por conseguir estos cálculos digestivos provocó que los cazadores coloniales mataran y destriparan más de 30.000 vicuñas andinas solo para saquear sus estómagos."