En la década de 1660, las mujeres de la alta sociedad otomana enloquecieron por una moda ostentosa: coser diminutas monedas de plata francesas de cinco sueldos, bautizadas popularmente como luiginos, en sus tocados, velos y collares de boda. Al mismo tiempo, el mercado turco sufría una asfixiante escasez de cambio chico, lo que convirtió a estas piezas europeas en el motor indispensable de las transacciones diarias entre Estambul, Esmirna y Alepo. Al percatarse de esta fiebre insaciable, una red clandestina de comerciantes de Marsella y nobles del norte de Italia urdió la mayor estafa cambiaria de la era moderna.
Aprovechando su inmunidad soberana, aristócratas italianos de feudos diminutos como Tassarolo, Fosdinovo y Dombes transformaron sus talleres en imprentas de fraude masivo. Comenzaron a acuñar réplicas casi exactas con el busto de la regente francesa Ana de Austria, pero rebajaron el contenido de plata del 90% a un mísero 15%, rellenando el núcleo con plomo y cobre apenas barnizado. Flotas enteras repletas de toneladas de esta basura reluciente descargaban en el Levante; con metal inservible, los estafadores compraban cargamentos legítimos de seda persa, trigo, alfombras finas y especias, multiplicando su capital de la nada.
El colosal engaño se derrumbó en 1669 cuando los joyeros de la Sublime Puerta descubrieron horrorizados que los adornos nupciales se teñían de un negro verdoso al oxidarse el cobre superficial. La respuesta del temido Gran Visir Fazıl Ahmed Pasha fue implacable: decretó pena de empalamiento para los cambistas, confiscó navíos europeos enteros y vetó la moneda extranjera bajo amenaza de ejecución masiva. La estafa liquidó los ahorros de miles de familias comunes y empujó a la diplomacia entre Francia y los otomanos al borde de una guerra armada.
"Los nobles falsificadores estaban tan confiados que grabaron burlas en latín sobre la ignorancia turca en los bordes de las monedas, sabiendo que en el Levante nadie sabía leerlas."