En el otoño de 1899, en Pekín, el respetado canciller de la Academia Imperial Qing, Wang Yirong, cayó gravemente postrado por la malaria. Desesperado ante la fiebre incesante, recurrió a una prestigiosa botica tradicional que le recetó un remedio folclórico exclusivo: decocciones de lónggǔ o 'huesos de dragón', supuestos fósiles milenarios que la medicina tradicional china mandaba triturar y beber para restaurar el flujo vital. Pero minutos antes de que su sirviente machacara las piezas en el mortero, la aguda mirada del erudito detuvo el golpe en el aire.
Al inspeccionar las escápulas de buey y caparazones petrificados bajo una lupa, Wang descubrió inscripciones milimétricas grabadas a fuego que no eran formaciones naturales. Eran caracteres arcaicos de la mítica Dinastía Shang, el testimonio escrito más antiguo jamás encontrado en Asia Oriental, con más de 3.000 años de antigüedad. El horror llegó al investigar el origen del cargamento: durante generaciones, los campesinos de Anyang habían desenterrado toneladas de estas piezas sagradas y raspaban sistemáticamente los textos con cuchillos antes de venderlas a las farmacias, temiendo que los médicos rechazaran huesos 'manchados o defectuosos'.
Durante siglos, la nobleza y el pueblo chino se habían estado bebiendo su propia historia dinástica hervida en té para aliviar dolores de estómago. Wang vació su fortuna personal para comprar más de 1.500 piezas antes de que fueran digeridas, pero el destino le impidió disfrutar su gloria: en 1900, durante el caos de la Rebelión de los Bóxers, Wang se suicidó bebiendo veneno y arrojándose a un pozo para no rendirse ante los ejércitos occidentales. Su colega Liu E rescató las piezas restantes y catalogó en 1903 estos huesos oraculares, arrancándole el nacimiento de la escritura china al mortero de la farmacia.
"Los historiadores calculan que se molieron y bebieron en infusiones medicinales decenas de miles de textos oraculares únicos antes de que alguien se diera cuenta de que eran archivos históricos."