Corría el año 390 a.C. y las tribus galas lideradas por Breno habían arrasado Roma, dejando a los sobrevivientes acorralados exclusivamente en la colina fortificada del Capitolio. Bajo el amparo de una noche sin luna, los invasores idearon un plan de infiltración milimétrico: descalzarse y trepar en absoluto silencio por los escarpados acantilados para tomar por sorpresa a los centinelas romanos que dormían confiados.
El comando galo logró burlar los puestos de guardia y evitar a los perros de vigilancia, rozando la victoria absoluta. Sin embargo, no contaban con la presencia de un grupo de aves sagradas dedicadas a la diosa Juno en el templo local. Aunque la guarnición padecía una hambruna extrema que obligaba a racionar cada migaja, los soldados habían respetado a los animales. Al notar la presencia intrusa, las gansas comenzaron a parlotear furiosamente y a batir alas, despertando de inmediato a la guarnición.
El tribuno militar Marco Manlio saltó de su lecho, empuñó su espada y logró derribar al primer galo que ya pisaba la cima, desencadenando una defensa desesperada que arrojó al vacío a los atacantes. Este insólito espionaje nocturno frustrado no solo evitó la caída definitiva de la República, sino que inmortalizó a las aves como salvadoras de la patria. Como resultado directo de esta extraña alarma aviar, los romanos instituyeron un ritual anual donde los gansos eran honrados con coronas de oro y los perros crucificados por no ladrar.
"A pesar de ser considerado un héroe nacional por salvar Roma esa noche, Marco Manlio terminó siendo ejecutado años después lanzado desde ese mismo peñasco tras ser acusado de intentar instaurar una tiranía."