A principios del siglo XX, el continente africano era un cementerio a cielo abierto para los exploradores y colonos europeos debido a la implacable fiebre amarilla. Desesperados por encontrar una solución en medio de la selva sin laboratorios avanzados, los médicos militares recurrieron a métodos que hoy rozan la pesadilla. En 1909, durante un brote brutal en el África Occidental Francesa, un equipo de sanidad ideó una teoría tan arriesgada como escatológica: utilizar los fluidos corporales de los supervivientes para inmunizar a los recién llegados.
El experimento consistió en recolectar la orina y secreciones sudoríparas de pacientes que habían vencido la enfermedad, filtrarlas de forma rudimentaria y administrarlas en forma de inyecciones subcutáneas a los soldados sanos. El propio médico jefe, el doctor Maurice Letulle, documentó con asombro cómo los voluntarios sufrían fiebres espantosas, delirios nocturnos y erupciones cutáneas verdosas tras recibir la inyección. La mezcla artesanal provocó una reacción inflamatoria extrema que dejó a más de uno al borde de la tumba por causas ajenas al virus original.
Milagrosamente, contra todo pronóstico médico y bacteriológico, los pocos pacientes que resistieron el shock tóxico del brebaje desarrollaron una inmunidad temporal real contra la cepa local. Aunque la técnica fue abandonada de inmediato al comprobarse su altísima tasa de efectos secundarios mortales, sentó las bases involuntarias para los futuros estudios serológicos en el continente africano antes de la llegada de la vacuna oficial de Max Theiler en 1937.
"El estudio original tuvo que ser archivado en secreto en París para evitar el escándalo internacional sobre los métodos empleados con los soldados rasos."