Era el 21 de agosto de 1911 cuando Vincenzo Peruggia, un carpintero italiano que había trabajado en el museo del Louvre en París, decidió ejecutar uno de los crímenes más audaces del siglo XIX —aunque técnicamente ya era el siglo XX (1911), el plan se gestó con la mentalidad artesanal de la época—. Peruggia entró al museo a plena luz del día vistiendo una tradicional bata blanca de empleado, se ocultó en un pequeño almacén de escobas y esperó pacientemente a que el recinto cerrara sus puertas al público.
A la mañana siguiente, aprovechando que las salas estaban vacías, salió de su escondite, descolgó la famosa pintura de Leonardo da Vinci de la pared y se metió en una escalera de servicio. Como el marco era demasiado pesado y llamativo, se detuvo en un rincón apartado para desatornillar la tabla de madera, ocultando el lienzo debajo de su propia ropa. Para colmo de males, al intentar escapar descubrió que la puerta estaba trancada con llave por un cerrajero olvidadizo, ¡y tuvo que convencer a un plomero desprevenido para que le abriera la salida!
El cuadro estuvo escondido en el baúl de su pensión en París durante más de dos años, mientras la policía internacional buscaba desesperadamente pistas sin éxito. El caso solo se resolvió cuando Peruggia, cegado por un falso patriotismo italiano, intentó vender la obra a un galerista en Florencia y terminó siendo arrestado de inmediato. Irónicamente, este absurdo y chapucero robo fue lo que catapultó definitivamente a la Mona Lisa a convertirse en el icono pop más famoso y sobrevalorado del planeta.
"Durante las investigaciones iniciales por la desaparición del cuadro, la policía francesa interrogó y fichó brevemente a un joven y desconocido Pablo Picasso como sospechoso principal."