Corría el año 1592 y la dinastía Joseon en la península de Corea enfrentaba una devastadora invasión japonesa liderada por Toyotomi Hideyoshi. Con las arcas del reino vacías y la infraestructura destruida, los oficiales de la corte idearon una ley tributaria tan macabra como bizarra para financiar los esfuerzos bélicos: el infame impuesto de las narices cortadas.
La medida establecía que las tropas coreanas y sus aliados debían contabilizar las bajas enemigas no mediante prisioneros o armas, sino cercenando las narices de los soldados japoneses caídos en combate para llevarlas como prueba a la capital. Sin embargo, la escasez de narices enemigas provocó que los soldados más deshonestos empezaran a recolectar las narices de campesinos coreanos inocentes para cumplir las cuotas exigidas por el gobierno.
El nivel de atrocidad y corrupción burocrática alcanzó tales extremos que la propia corte tuvo que prohibir esta monstruosa práctica al constatar que el impuesto estaba diezmando a su propia población civil. Aunque la ley duró poco tiempo, dejó una profunda cicatriz social y hoy sobrevive en los registros como uno de los fracasos fiscales más perturbadores de la historia asiática.
"Para comprobar las muertes enemigas y evitar fraudes, los oficiales imperiales coreanos a veces se veían obligados a salar las narices recolectadas para transportarlas sin que se pudrieran en el largo camino hacia el palacio real."