Una sofocante medianoche de junio de 1754, los habitantes del asentamiento de Windham, en la colonia de Connecticut, fueron despertados por un estruendo ensordecedor y dantesco que parecía emerger de las entrañas de la tierra. Con la sangrienta Guerra Franco-India acabada de estallar en la frontera, los colonos vivían en un estado permanente de paranoia extrema. Convencidos de que una coalición de soldados franceses y guerreros nativos estaba degollando a los centinelas, los vecinos se asomaron a la oscuridad absoluta; sin embargo, lo que escucharon desafiaba toda razón: unos alaridos guturales y cavernosos parecían clamar con voz espectral los nombres de los líderes del pueblo, bramando sin descanso: «¡Dyer!» y «¡Elderkin!»
El pánico colectivo devino en una escena de histeria total. Familias enteras abandonaron sus lechos y escaparon semidesnudas a la espesura, mientras los milicianos locales, paralizados por la sospecha de un asedio demoníaco o la llegada del Juicio Final, comenzaron a disparar salvas a ciegas de mosquete hacia la densa negrura. Durante horas, nadie se atrevió a cruzar el perímetro defensivo, esperando la inminente masacre al romper el alba. Pero cuando la luz del sol finalmente disipó la bruma sobre el valle, no encontraron ni una sola huella humana ni rastro de pólvora enemiga; en su lugar, hallaron el fondo lodoso de un estanque cubierto por una alfombra interminable de miles de ranas toro muertas.
La explicación era tan ridícula como biológicamente implacable. Una sequía atroz había dejado casi seco el estanque comunal del coronel Eliphalet Dyer, provocando que decenas de miles de anfibios convergieran en una batalla frenética y despiadada por las últimas gotas de agua y fango húmedo. En medio del encarnizado combate nocturno entre machos territoriales, la acústica natural de la colina amplificó los estertores de los anfibios hasta sonar como un ejército furioso. El bochorno de Windham fue la comidilla y burla de toda Norteamérica colonial durante décadas, pero el pueblo terminó por abrazar su insólito disparate histórico: inmortalizaron a la criatura acuñándola en sus billetes bancarios de 1800 y en el sello oficial del municipio.
"Hasta el día de hoy, el puente principal de Windham cuenta con cuatro gigantescas esculturas de bronce de ranas montadas sobre carretes de hilo para conmemorar su célebre noche de pánico."