En 1544, el rey Francisco I de Francia envió al humanista Pierre Gilles a Constantinopla con la misión de rastrear y comprar manuscritos clásicos perdidos. Mientras recorría la capital de Solimán el Magnífico, Gilles se topó con una costumbre desconcertante entre los habitantes del barrio de Santa Sofía: los residentes afirmaban que pescaban carpas frescas arrojando sedales a través de trampillas en el suelo de sus salas, sacando además agua helada sin tener pozos visibles en sus patios. Intrigado por lo que sonaba a una invención popular, el francés decidió sobornar a un propietario para ver qué se escondía bajo los tablones.
Acompañado por una pequeña antorcha, Gilles descendió por un estrecho orificio de madera abierto entre dos viviendas privadas. Esperaba encontrar una simple cloaca bizantina, pero al cruzar la oscuridad la llama iluminó una escena monumental: un inmenso mar subterráneo sostenido por un bosque de 336 columnas de mármol de nueve metros de altura. Gilles había redescubierto por accidente la Cisterna Basílica de Justiniano, la colosal reserva del siglo VI cuya ubicación exacta se había borrado por completo de la memoria otomana, permaneciendo oculta mientras la ciudad moderna se construía sobre ella.
El francés consiguió una barca de madera y navegó en solitario remando entre las naves sumergidas, midiendo sus 140 metros de longitud y tropezando en el fango con los rostros de piedra de dos gigantescas cabezas de Medusa reutilizadas como bases. Pese a su asombroso hallazgo, las autoridades imperiales trataron la cisterna como un simple vertedero durante años, hasta que la publicación del diario de Gilles en Europa obligó al Gran Visir a tomar medidas para evitar que los cimientos de la urbe colapsaran sobre este palacio de agua olvidado.
"Muchos habitantes de la zona no solo pescaban a través del suelo de sus hogares, sino que utilizaban el monumento bizantino milenario como un basurero doméstico privado sin saber sobre qué descansaban sus camas."