A finales de 1785, el Imperio Etíope se enfrentó a un fenómeno natural bíblico que superó cualquier catástrofe registrada en el siglo XVIII. Una inmensa y densa nube de langostas emergió de las profundidades del continente africano, oscureciendo el sol durante días enteros y devorando absolutamente cada brizna de vegetación a su paso con un ruido ensordecedor que los testigos describieron como el rugir de un bosque en llamas.
El hambre se desató de inmediato con una furia inusitada, convirtiendo el paisaje en un cementerio a cielo abierto. Las autoridades y los cronistas de la época documentaron cómo la descomposición masiva de insectos contaminó las fuentes de agua potable, provocando epidemias fulminantes que diezmaron a poblaciones enteras antes de que tuvieran tiempo de buscar refugio.
La crisis humanitaria fue de tal magnitud que el famoso explorador James Bruce calculó que más de dos millones de personas perecieron en pocas semanas, obligando a los supervivientes a alimentarse de los propios insectos asados en una desesperada ironía de supervivencia hasta que los vientos cambiaron y empujaron los últimos restos de la plaga hacia el Mar Rojo.
"La plaga fue tan colosal que los cadáveres de las langostas formaron bancos de varios metros de altura en las costas del Mar Rojo, cuyo hedor pestilente obligó a desviar las rutas comerciales marítimas durante meses."