El 5 de septiembre de 1698, tras regresar de una gira encubierta por Europa occidental, el joven zar Pedro I convocó a la nobleza militar y religiosa en Moscú para un banquete oficial. En la Rusia ortodoxa del siglo XVII, la barba no era vanidad, sino un mandato teológico sagrado: afeitarse se castigaba con la excomunión y era visto como una profanación de la imagen de Dios. Sin embargo, en medio del brindis de bienvenida, el soberano desenvainó unas tijeras de barbero gigante y derribó a sus generales, arrancándoles personalmente las barbas mechón a mechón ante el horror petrificado de la corte moscovita.
Para los rusos que aún se negaban a pasar por la navaja estatal, el zar diseñó un castigo financiero brutal y humillante. Dividió a la población en castas y creó un impuesto astronómico que cobraba hasta cien rublos al año por lucir barba, una suma equivalente al salario anual completo de un alto oficial del ejército. Quienes pagaban la extorsión no quedaban en paz: el Estado los obligaba a portar permanentemente colgado al cuello un pesado medallón de cobre o plata con el grabado de una nariz con mostacho y una leyenda burlona que sentenciaba: 'El dinero fue recibido; la barba es una carga superflua'.
Los inspectores apostados a las puertas de las murallas de Moscú arrestaban sin piedad a cualquiera con vello facial que no tuviera el medallón visible al pecho. Aquel campesino o artesano que no pudiera pagar la tasa al instante era arrojado a las mazmorras y condenado a trabajos forzados perpetuos hasta saldar la deuda de su rostro. La medida quebró de golpe siglos de tradición eclesiástica y forzó la secularización violenta del país, convirtiendo a un ridículo canon estético en el motor fiscal que financió la modernización bélica del futuro Imperio ruso.
"Si un portador de la medalla de la barba se la quitaba un solo segundo en público, la policía imperial lo afeitaba por la fuerza en la calle usando cuchillos sin filo como escarmiento."