En octubre de 1930, una modesta tienda de combustible llamada «El Buen Trato» abrió sus puertas justo frente a la imponente penitenciaría de Punta Carretas, en Montevideo. A los vecinos y centinelas jamás les extrañó el constante traqueteo de carretas cargadas con pesados sacos negros ni los golpes subterráneos atribuidos a tareas de acopio. Sin embargo, tras el mostrador no despachaban comerciantes corrientes, sino una audaz célula anarquista comandada por Miguel Arcángel Roscigna, cuyo único propósito era perforar la prisión más inexpugnable del Cono Sur en las propias narices de las autoridades.
Durante cinco meses extenuantes, los conspiradores cavaron a mano limpia una galería de más de cincuenta metros de longitud equipada con ventilación artificial y tendido eléctrico conectado a la red pública. El desafío de ingeniería rayaba en el absurdo: debían cruzar por debajo de los adoquines de la transitada calle Ellauri y perforar los macizos cimientos de piedra del presidio sin alertar a los centinelas armados. En la madrugada del 18 de marzo de 1931, el suelo del baño de la enfermería carcelaria cedió: en riguroso silencio y en fila india, treinta y un reclusos descendieron al túnel para emerger minutos después como hombres libres en la trastienda del negocio.
El pánico estalló con el toque de diana matutino, cuando los guardias encontraron pabellones desiertos y un foso impecable que aún olía a carbón fresco. Al descender con linternas, los peritos no solo hallaron una proeza arquitectónica subterránea, sino una última bofetada clavada con tiza en un puntal de madera: un cartel irónico que rezaba «El buen trato se agradece». La fuga de Punta Carretas se consagró así en la historia criminal del continente como la evasión más limpia, técnica y humillante del siglo XX.
"Para no levantar sospechas mientras excavaban bajo sus pies, los fugitivos le vendían carbón a precio de descuento a los mismísimos guardias y directores del penal."