La noche del 31 de enero de 1918, en plena Primera Guerra Mundial, la Marina Real británica zarpó desde Escocia con una flota de 40 navíos de guerra para realizar maniobras secretas hacia Scapa Flow. La orden imperial era tajante: navegar a toda velocidad bajo estricto apagón de luces y absoluto silencio de radio a través de la gélida niebla del fiordo de Forth. Para liderar la columna se utilizaron los submarinos de la clase K, enormes máquinas experimentales impulsadas a vapor que eran tan torpes y propensas a fallos que sus propios tripulantes las llamaban con humor negro el "club del suicidio". Nadie sospechaba que aquella noche la mayor catástrofe naval británica no la causarían los alemanes, sino su propia torpeza.
El desastre comenzó cuando el submarino K14 maniobró bruscamente para esquivar dos barcas de pesca locales. Su timón se atascó en plena oscuridad y el submarino K22 lo embistió de lleno. Desesperadas, las tripulaciones encendieron reflectores de emergencia, lo que desató un pánico ciego en el resto de la flota: los barcos que venían detrás creyeron que se trataba de una emboscada alemana y comenzaron a maniobrar a ciegas. A toda máquina, el crucero ligero HMS Fearless partió por la mitad al submarino K17, hundiéndolo en minutos. Mientras decenas de hombres flotaban en el agua helada pidiendo auxilio, una flotilla de destructores pasó por encima triturando a los náufragos con sus hélices, antes de que el submarino K6 embistiera al K4 y lo enviara al fondo con toda su tripulación.
Al salir el sol, la llamada con amarga ironía "Batalla de la Isla de May" dejaba un saldo atroz: dos submarinos hundidos, cuatro buques destrozados y 104 marineros muertos sin que el enemigo disparara un solo tiro. De hecho, el submarino alemán más cercano estaba a más de 150 kilómetros. Aterrorizado por el ridículo internacional y el desplome de la moral bélica, el Almirantazgo impuso una censura de hierro, catalogó los informes como secreto de Estado militar y obligó a los sobrevivientes a jurar silencio, borrando la insólita carnicería de los libros de historia durante casi ochenta años.
"Para encubrir la incompetencia de los altos mandos, el gobierno británico mintió a las familias de los 104 fallecidos diciéndoles que habían muerto heroicamente en combate contra los alemanes."