Hacia el año 1005 d.C., cinco siglos antes de Cristóbal Colón, el explorador nórdico Thorfinn Karlsefni estableció un asentamiento medieval en la costa este de Canadá con más de cien colonos. El contacto pacífico con los indígenas locales, a quienes los nórdicos llamaban skrælings, se quebró de golpe por una confusión ridícula: un toro europeo traído por los colonos escapó al bosque y bramó furiosamente. Los indígenas, que jamás en su vida habían visto una bestia de ese tamaño con cuernos, interpretaron el rugido como una declaración de guerra mágica y regresaron días después a bordo de decenas de canoas armados para el exterminio.
Durante el choque, los defensores nórdicos sufrieron una embestida insólita que desató el caos absoluto. Los nativos izaron en pértigas una gigantesca esfera azul oscura similar a una vejiga inflada y la lanzaron sobre las líneas nórdicas, emitiendo un zumbido ensordecedor al estrellarse contra el suelo. Convencidos de que caían víctimas de brujería enemiga, los curtidos guerreros vikingos entraron en pánico masivo y huyeron en desbandada hacia los pantanos, abandonando a los heridos y sus propias chozas.
En plena retirada, la única que frenó la matanza fue Freydís Eiríksdóttir, la medio hermana de Leif Erikson, quien estaba embarazada de ocho meses y no podía correr. Furiosa ante la cobardía masculina, levantó la espada de un guerrero caído, se desgarró la túnica y comenzó a golpearse los senos desnudos con el filo del acero mientras rugía como una fiera. La visión de aquella mujer encinta, armada y frenética desconcertó tanto a los atacantes nativos que detuvieron la carga, creyeron estar frente a un demonio y escaparon aterrorizados hacia sus embarcaciones, sellando el fin del asentamiento nórdico en el Nuevo Mundo.
La traumática experiencia de esta batalla contra armas desconocidas y la abrumadora superioridad numérica nativa convenció a los nórdicos de que Vinland era una tierra inconquistable, ordenando el abandono definitivo de sus colonias en América continental pocos meses después.
"El arma que aterrorizó a los guerreros nórdicos era probablemente un artefacto ritual algonquino hecho con cuero de bisonte o vejiga de foca relleno de piedras, diseñado específicamente para desatar terror acústico."