Corría el año 1430 en Sicilia cuando el cirujano Gustavo Branca, enfrentado a las mutilaciones faciales constantes de las guerras feudales, ideó un experimento médico tan arriesgado como bizarro. Decidió cortar un colgajo de piel del brazo de un paciente, mantenerlo unido a la extremidad mientras se adhería al rostro, y lograr así una reconstrucción nasal pionera en plena Europa medieval.
El procedimiento funcionaba a nivel anatómico, pero el verdadero caos estalló debido a un accidente ético y biológico documentado por los cronistas de la época. Cuando Branca usó en ocasiones piel de esclavos o donantes para pacientes ricos, la superstición popular decretó que, si el donante moría, la nueva nariz del paciente se pudriría instantáneamente o caería al suelo al mismo tiempo.
La Iglesia y la sociedad medieval entraron en profundo debate teológico sobre si los injertos corporales alterarían la identidad en el Día del Juicio Final, obligando a los cirujanos a mantener sus técnicas en el más absoluto secreto. Este accidente médico sentó las bases de la cirugía plástica moderna, naciendo no del método científico puritano, sino del bizarro ingenio quirúrgico de la Italia medieval.
"Para evitar que el brazo injertado a la cara se moviera durante semanas, los pacientes medievales debían dormir amarrados a un complejo corsé de hierro que los mantenía inmovilizados en un ángulo imposible."