Corría el año 1795 en el Virreinato de Nueva Granada (actual Colombia) cuando el doctor José Celestino Mutis y sus colaboradores enfrentaban un caso desesperado de parálisis muscular severa en un soldado local. Buscando una alternativa desesperada a los tratamientos tradicionales, el boticario y médico aficionado decidió aplicar una terapia de choque basada en la electrocución combinada con secreciones de anfibios, específicamente extrayendo y concentrando el veneno de las glándulas de sapos de la región en vasijas de barro hirviendo.
El experimento, documentado minuciosamente en los archivos coloniales, consistió en aplicar cataplasmas humedecidas con esta toxina caliente directamente sobre la columna vertebral del paciente, mientras se descargaban rudimentarias celdas galvánicas caseras. Lo absurdo ocurrió de inmediato: en lugar de morir por envenenamiento o shock tóxico, el sistema nervioso del soldado sufrió una violenta sobredosis de alcaloides que provocó espasmos tan descomunales que el hombre saltó literalmente de la camilla, corriendo aterrorizado por todo el patio del hospital mientras gritaba con espuma en la boca.
Aunque el método era una completa locura farmacológica que bordeaba el homicidio involuntario, el paciente recuperó de forma permanente la movilidad en sus extremidades inferiores gracias a la brutal estimulación nerviosa. La Iglesia y las autoridades médicas locales prohibieron tajantemente repetir semejante atrocidad científica, bautizando el suceso en los registros oficiales como el milagro accidental del sapo eléctrico, un precedente espeluznante de la electroterapia moderna que funcionó puramente por pura y tétrica coincidencia.
"Para comprobar si el veneno aún era potente, el asistente del médico probó una gota en su propia lengua y quedó mudo y convulsionando durante tres días seguidos."