Corría el siglo I en la China imperial cuando el ambicioso señor de la guerra Gongsun Shu se autoproclamó Emperador en la región de Sichuan. Necesitando financiar un ejército masivo para conquistar el trono de la Dinastía Han, ideó un plan financiero maquiavélico: prohibió el uso del bronce y ordenó acuñar monedas oficiales hechas estrictamente de hierro, obligando a toda la población a aceptar su valor nominal artificial.
Para evitar que la gente fundiera el metal o lo falsificara por su cuenta, Gongsun Shu impuso penas draconianas, incluyendo la pena de muerte por decapitación pública para cualquiera que comerciara con otros metales. Sin embargo, el propio régimen imperial operaba la mayor red de falsificación de la historia antigua, inundando los mercados locales con toneladas de hierro barato que multiplicaban artificialmente las arcas del tirano mientras empobrecían sistemáticamente al pueblo.
El colapso financiero no tardó en llegar cuando las monedas de hierro comenzaron a oxidarse masivamente bajo el clima húmedo de Sichuan, desvalorizándose al punto de que se necesitaban carretillas enteras de dinero para comprar un simple saco de arroz. Cuando las tropas leales a la Dinastía Han finalmente invadieron y capturaron la provincia en el año 36 d.C., decapitaron a Gongsun Shu y descubrieron que su tesoro imperial estaba compuesto enteramente por chatarra oxidada inútil.
"La hiperinflación y la ruina económica provocadas por esta estafa de hierro fueron tan severas que el término 'moneda de hierro' quedó grabado en la cultura china como sinónimo absoluto de ruina y estafa estatal durante los siguientes mil años."