Corría el año 144 a. C. bajo la dinastía Han en la antigua China, cuando el ambicioso príncipe Liu Xiang de Jiangdu decidió resolver sus problemas financieros de la manera más audaz: creando su propia fábrica clandestina de dinero. Aprovechando su estatus nobiliario, fabricó monedas falsas de baja calidad en enormes cantidades para inundar el mercado y enriquecerse ilícitamente a costa del tesoro imperial.
El plan era un delirio financiero para la época. Liu Xiang no actuaba solo; reclutó a expertos metalúrgicos, contrabandistas e incluso delincuentes indultados para acuñar miles de monedas idénticas a las oficiales pero con aleaciones de menor valor. Durante meses, el imperio absorbió esta marea de dinero falsificado sin que las autoridades sospecharan, desatando una de las primeras crisis inflacionarias documentadas de la historia asiática.
Sin embargo, el fraude colapsó cuando la red de distribución se volvió demasiado ostentosa y las monedas comenzaron a romperse con facilidad en los mercados locales. El emperador Han Jingdi descubrió la traición, ordenando una investigación implacable que culminó con el arresto de los cómplices. Para evitar una ejecución pública deshonrosa que manchara a la familia real, el príncipe fue forzado a cometer suicidio ritual, cerrando uno de los capítulos de corrupción más alucinantes de la Antigüedad Clásica.
"Para frenar futuras estafas, la dinastía Han centralizó por completo la acuñación de moneda y castigaba la falsificación con la pena de muerte por decapitación."