A finales de 1616, el príncipe polaco Samuel Korecki cayó prisionero de guerra tras una sangrienta batalla contra los turcos. Por orden directa de la corte imperial, fue confinado en la Fortaleza de Yedikule, el temible castillo de las Siete Torres en Constantinopla, una prisión militar de máxima seguridad donde los dignatarios extranjeros rara vez salían con vida. Aislado en la cima de la Torre Negra y vigilado día y noche por jenízaros de élite, su destino final era la decapitación pública.
Sin embargo, su esposa y aliados sobornaron a intermediarios griegos para infiltrar herramientas en las raciones de comida. A través de panecillos y vasijas religiosas, Korecki recibió limas de acero y cuerdas finas de seda trenzada capaces de soportar peso humano. Durante una noche de tormenta en 1617, el noble cortó sigilosamente los gruesos barrotes de su celda, durmió a sus custodios con vino adulterado con narcóticos y se descolgó por un muro vertical de más de 30 metros hacia los fosos exteriores de la fortaleza.
El escape provocó una cacería humana sin precedentes que paralizó los puertos del Bósforo. Lejos de abandonar la ciudad de inmediato, Korecki se camufló como marinero griego y vivió oculto durante semanas a pocas calles del palacio del Gran Visir. Tras eludir a los espías otomanos, abordó una nave comercial hacia Europa occidental, presentándose meses después ante el Papa en Roma y consumando la fuga más humillante de la historia penal otomana.
"A pesar de haber burlado la prisión más segura del Imperio, Korecki volvió a pelear contra los turcos tres años después, fue recapturado y esta vez ejecutado sin derecho a celda."